La primera vez que llega un portátil a casa, lo tratamos como si fuese el Santo Grial. Él viene en su caja, y en algunos casos dentro contiene otra caja para, esta vez sí, ver el ordenador que compramos hace un rato en la tienda. Después de sacarlo, quitarle los plásticos, limpiar la mesa para ponerlo encima y enchufarlo a la corriente, lo encendemos (por fin). Pasa que, con los laptops de ahora, el primer inicio se hace un poco pesado: 
En PCs comunes, se nos carga el Windows Vista, interminable la primera vez, te hace pensar: “¿Esto es lo que yo he comprado? ¿Dónde están esos 2Ghz y 4 Gb de RAM?”. No os preocupéis, suele pasar.
En los MacBooks, el inicio es un poco más corto, nos pide información para configurar el equipo (nombre, contraseña de administrador, cuenta de correo, etc).

Luego todo es coser y cantar, si tenemos conexión a internet. Instalamos nuestros programas favoritos, pasamos la música, configuramos el correo, la mensajería instantánea, el hardware externo (impresora…) y como nuevos.